Representación de la crucifixión

Representación de la crucifixión. / Shutterstock

Los villanos de la Semana Santa

Sin estos malvados, la historia del cristianismo hubiese sido otra

10 de abril de 2020 08:00 am

Por: El Tiempo/GDA

Por: Hernán Alejandro Olano García

En todas las historias siempre hay héroes y villanos y, en Semana Santa no podemos dejar de lado a personajes como los sacerdotes Anás y Caifás, el apóstol Judas Iscariote, el rey Herodes Antipas, el delincuente Barrabás, el judío errante y el gobernador Poncio Pilato, que en la escena de la pasión de Cristo cobran valor y se hacen particularmente odiados, sin que nos demos cuenta que en realidad, Dios envió a su hijo para redimir el mundo y que sin estos malvados, la historia del cristianismo hubiese sido otra.

Comencemos por Anás y José Caifás, quienes con el poder que les daba el ser dirigentes del Gran Sanedrín, así como el sacerdocio que ejercían, les daba cierta credibilidad y argumento de autoridad para la escogencia de los reos que deberían ser sacrificados durante la Pascua.

Ante Anás fue primero presentado Jesús y, después de interrogarlo, éste pidió a sus guardias que le llevasen ante Caifás y el resto del Consejo. Estos sacerdotes también lideraron la persecución de los discípulos de Jesús y Dante, en la Divina Comedia, narra cómo ambos son castigados con la crucifixión en la tierra, en la fosa de los hipócritas, pisados por los otros condenados.

Barrabás, era un criminal, responsable de alborotamiento, asesinato y robo. Pedro en Hechos 3:14 lo llama asesino y, la pena para ese crimen era la muerte; sin embargo, Anás y Caifás conspiraron comprando al pueblo para que eligieran indultar a Barrabás en lugar de Jesús, quedando libre el asesino. Aunque poco se sabe de su vida después de la liberación, el Premio Nobel sueco, Pär Lagerkvist escribió una novela con este nombre, donde habla de la crisis existencial de un hombre, muy cercano a uno de los acontecimientos más importantes de la historia.

Herodes Antipas, hizo parte de la denominada dinastía herodiana, ya que cuando nació Jesús, el rey era Herodes el Grande y, al ser crucificado, el rey era su hijo, Herodes Antipas, mencionado en los evangelios, pues fue el responsable de la muerte de Juan el Bautista, primo de Cristo e hijo de Santa Isabel.

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Juan El Bautista se enfrentó a Herodes Antipas por el carácter ilegal de su matrimonio con su sobrina Herodías, madre de Salomé, la bailarina que pidió como premio la cabeza del predicador. Según la leyenda, Herodes Antipas y Herodías, luego de la muerte de Jesús, partieron a Roma para reclamarle a Calígula que le concediera más poder en la región de Galilea y, ante la negativa del emperador, marcharon hacia las Galias y murieron en la actual región francesa de los Pirineos.

Judas Iscariote, cuyo nombre se remite al de “judío”, por lo que su figura ha sido utilizada para mostrar a los judíos como asesinos de Cristo. Dante en la Divina Comedia, le reserva el rincón más profundo del infierno, donde Lucifer devora a los mayores traidores de la historia en cada uno de sus tres rostros. En los dos laterales purgan pena eterna Bruto y Casio, los asesinos de Julio César. Y en la cara del centro, mastica sin descanso a Judas Iscariote, el traidor por excelencia; de ahí que expresiones como “ser un Judas” o “el beso de Judas”, hagan parte de nuestro lenguaje habitual para hablar de quien vendió a Cristo por treinta monedas de plata que le ofertaron los sumos sacerdotes.

Judas se ahorcó al darse cuenta del mal que había hecho y, los sacerdotes, como no podían devolver ese dinero manchado de sangre al arca de las ofrendas, lo utilizaron en comprar un terreno para establecer un cementerio para extranjeros, conocido como el campo de sangre.

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El judío errante, de quien no se supo el nombre, pero que en procesiones de Semana Santa como las de Tunja se utiliza para asustar a los niños, fue la persona que le negó a Jesús un sorbo de agua en el camino al Calvario por lo que Dios lo condenó a «errar hasta su retorno» (el de Jesucristo a la Tierra, llamado Parusía).

Poncio Pilato, el Procurador romano, designado directamente por el emperador para regentar la región de Galilea, lo cual hizo del año 26 al 36, con las funciones de mantenimiento de la paz, la recaudación de impuestos y la aplicación de la justicia y la pena de muerte.

Aunque se le podría considerar como un “aguas tibias”, por haber dejado la decisión del sacrificio de Jesús en manos del pueblo, lavándose las manos antes de declararse inocente de lo que se hiciera, Poncio era conocido también como un cruel gobernante que apaciguaba cualquier protesta con acciones non sanctas; sin embargo, la iglesia etíope decidió canonizarlo en su santoral.

Este conjunto de villanos, estará por siempre en la historia del cristianismo, como lo estarán también el mal ladrón, Gestas y el buen ladrón, Dimas, quien dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 41-42) y, recibió de Jesús la absolución y la llegada al paraíso en el mismo momento de su muerte, por eso se dice que fue el mejor golpe en la vida de este delincuente, robar un sitio en el cielo.

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