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¡Cuidado con las princesas!

Rebecca Hains explica en su libro el problema detrás del concepto "princesa" en las niñas

01 de agosto de 2016 07:54 am

Por: GDA / El Mercurio | [email protected]

“No es un secreto el que las niñas aman a las princesas. Pero detrás de los vestidos englobados y las coronas brillantes hay una poderosa industria de marketing que promueve un consumismo obsesivo y que entrega estereotipos negativos de género, raza y belleza a las niñas pequeñas”.

Eso dice la contraportada del libro “The princess problem”, que escribió Rebecca Hains, profesora de estudios de medios y directora del Centro de Estudios de Infancia y Juventud de la Salem State University.

Para el libro, Hains entrevistó a padres, psicólogos, profesores y niños. Además, se disfrazó de princesa en decenas de cumpleaños. Así, pudo ver en primera persona la fascinación que estos personajes producían en las niñas: cuando Hains era Cenicienta, la Sirenita o Bella, ninguna le quitaba los ojos de encima, y le hacían caso en todo.

“La idea del libro no es 'desprincesar' a las niñas, sino mostrarles que hay otras formas de ser niñas”, se lee en sus páginas.

“Las películas de princesas les enseñan a las niñas que deben ser lindas y pasivas, y la mayoría de los personajes no tienen diversidad racial o cultural. Esto es inaceptable para los padres que intentamos criar niñas fuertes y empoderadas”.

Según explica, por muy independiente que sea una princesa, tiende a necesitar a un hombre para salvarla. Eso, sumado a deformaciones corporales -en Frozen, por ejemplo, las cinturas de las princesas son más pequeñas que sus cabezas-, puede generar que las niñas crezcan creyendo que deben cumplir ciertos patrones.

Por eso -dice Hains-, ver las películas juntos, mostrarles a los niños las diferencias físicas que existen entre la realidad y la ficción, o explicitar que la reina en Frozen casi no habla, es útil. “Me gustaría que la reina hablara más. Apuesto que tendría buenas ideas para ayudar a Elsa con sus poderes” es una frase que podría servir, según Hains.

Para Chamarrita Farkas, académica de la Escuela de Psicología de la PUC y especialista en infancia temprana, la conversación es clave.

“Es bueno que los padres sepan qué están viendo sus hijos; ojalá vean las películas juntos, y luego las puedan comentar y discutir. No es la idea que luego haya una charla sobre lo bueno y lo malo, sino una conversación abierta donde le pregunten al niño si le gustó la película y qué le pareció cuando el o la protagonista hizo esto o aquello, y compartir su punto de vista, donde no se presione al niño sobre lo que debe hacer, sino que más bien se le ayude a tener una opinión personal y crítica sobre lo que ve”.

No solo femeninas

Tampoco se trata de que los padres dejen de valorar la femineidad de las hijas o ya no les digan “mi princesa”.

“La idea es que, además, incluyan valoraciones de otros aspectos, como ser inteligente, creativa, responsable, etcétera”.

Eso sí, Farkas recuerda que las princesas actuales son bastante más independientes que en el pasado. “Por ejemplo, Mérida, en Brave; Zootopia y la conejita que quiere ser policía, o Rapunzel, en Tangled, en comparación a la Cenicienta, Blancanieves o La Bella Durmiente. Incluso hay otras películas donde lo importante es ser uno mismo y respetar lo interior por sobre lo exterior: Fiona, en Shrek, es un muy buen ejemplo”, dice.

En la charla TED “Cómo las películas enseñan sobre virilidad”, Colin Stokes, experto en comunicaciones de la organización Children School, afirma que las películas también repercuten en la formación de los hombres.

Y no solo por la poca aparición de protagonistas mujeres (en 2011, entre las cien películas más populares en EE.UU., solo 11 eran protagonizadas por mujeres). “Las películas tienden a centrarse en que el hombre tiene que derribar al villano solo y obtener una recompensa, pero no dejan tiempo para otras aventuras o relaciones. (...) Tenemos que mostrarles a nuestros hijos una nueva definición de masculinidad”.

“Creo que los padres debemos ser tan cuidadosos con las historias que entran en los cerebros de nuestros hijos, como lo somos con los alimentos que consumen y los colegios a los que van”, dice Colin.

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