Jessica González Rodríguez

Suministrada

Mi bebé con síndrome de Down es lo mejor que me ha pasado

Una madre cuenta cómo su hijo le ha enseñado la lección más importante de su vida

20 de mayo de 2016 07:19 pm

Por: Jessica González Rodríguez / Para ÍNDICE

No estaba preparada para tener un bebé. En el verano de 2008, cuando tenía 20 años, había dejado la universidad, no tenía un trabajo estable y vivía en casa de mis papás. Sospechaba que estaba encinta, pero las pruebas caseras que me había hecho resultaron todas negativas. Comoquiera, acudí a mi ginecóloga y un examen de laboratorio lo confirmó.

Yo misma leí el reporte. Me quedé en shock. No sabía qué pensar. No sabía cómo sentirme.

Fue cuando regresé a la oficina de mi doctora que sentí el peso de la noticia. Ella me felicitó y yo comencé a llorar. Me decía que un bebé siempre era una bendición, ese tipo de cosas que se dicen en situaciones como la mía. Yo asentía, pero sabía que no estaba lista. Nada en mi vida estaba organizado para recibir a un hijo.

Pero el tiempo pasó y asimilé la noticia, aunque aún no sentía ese instinto maternal.

El embarazo transcurrió tranquilamente, sin complicaciones. Me dediqué a alimentarme bien y a hacer ejercicios. Retomé mis estudios y me aseguré de que todo estuviera bien para el bebé que llegaría, que se merecía lo mejor que yo le pudiera ofrecer.

Sí, tuve muchos miedos. Tuve miedo de no ser una buena madre, de no poder cubrir sus necesidades y de no tener un parto natural, pues era algo que realmente deseaba.

Travis nació el 5 de febrero de 2009, cuatro semanas antes de lo previsto. Un desprendimiento de placenta requirió una cesárea de emergencia, otra noticia que me desconcertaba ante la idea de parir que ya había acariciado tanto.

Dicen que las madres se sienten madres cuando saben que están embarazadas y que los padres cuando ya ha nacido el niño. En mi caso, fue cuando vi a mi bebé que me sentí realmente mamá. Mi hermana mayor, que me acompañaba en sala de operaciones, lo vio primero, pero no pasó mucho tiempo antes de que lo tuviera pegado a mi cara. Se me salió una lágrima, le di un besito en el cachete y ese fue para mí el momento en el que me convertí en madre.

Cuando su pediatra me indicó que mi bebé podía tener síndrome de Down porque presentaba algunos rasgos -aunque otros no- yo no me preocupé por eso. Quizás estaba en negación. Razoné que sus ojos rasgados eran una característica que había heredado de mí. Por un mes, el tiempo que tomaron en procesarse las pruebas que confirmarían el diagnóstico, no pensé demasiado en eso.

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Al conocer los resultados, tampoco me sentí triste. Sí me sentí enojada porque crecí con una hermana con impedimentos y sabía que pasaría mucho más trabajo para criar a mi hijo.

Ese estrés bajó con el pasar de las semanas, aunque fueron semanas que tuve que ocupar en visitas a especialistas, en evaluaciones con diferentes terapistas y luego asistiendo a terapias periódicas. Poco a poco lo asumí y ese ritmo se convirtió en mi rutina de vida. Ya es normal.

Travis, desde su nacimiento, ha iluminado mi vida y la de todos lo que lo conocen y comparten con él.

Es un niño feliz que poco a poco va conquistando los logros en el desarrollo que se dan por sentado en otros niños. Así, me ha enseñado la lección más importante: no importa cuán difíciles sean los retos de la vida, si no te rindes, siempre los puedes lograr, no importa el tiempo que te vayan a tomar.

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Gracias a él, retomé mis metas y terminé mis estudios. Además, he aprendido a ser como él, a hacer lo que siento que quiero hacer sin importarme lo que piensen las demás personas. Porque él es así, feliz, actúa sin pensar antes qué dirán los otros.

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Yo, lo que más deseo es que sea tan independiente como él pueda ser. No quiero empujarlo a hacer más de lo que puede hacer, sino que pueda vivir una vida plena en el sentido que sea importante para él. Si es trabajando, si es con una pareja, si es todo eso y viviendo en mi casa, pues que así sea.

A veces comento que mi hijo tiene síndrome de Down y la gente me dice: “ay, bendito” o “lo siento”. Pero yo no tengo razones para que me tengan pena.

Mi hijo me provee todo lo que un niño típico le ofrece a una madre, me provee amor, momentos en que me hace sentir orgullosa y momentos de mucha frustración. Simplemente, quizás de una forma diferente.

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Cuando me preguntan qué es lo que más amo de mi hijo solo puedo contestar: es que es mi hijo. A tu hijo lo vas a amar independientemente de cualquier cosa. Para mí, es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Jessica González Rodríguez es una puertorriqueña radicada en Texas hace dos años, donde trabaja como maestra de un preescolar. Su hijo, Travis, tiene siete años y está integrado en una clase de corriente regular de con otros niños de su edad en kindergarten. 

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