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Confesiones de un adicto a porno

Se acude a ella como si fuera la guarida natural para escabullirse de la realidad

13 de octubre de 2015 04:01 pm

Por: Artura Pardo V / GDA / La Nación

Tiene 51 años y en su cabeza todavía conserva con claridad el recuerdo la mujer semidesnuda que se encontró en la última página un extinto diario de circulación nacional.

En aquel momento, tendría apenas unos siete u ocho años. Eran suficientes.

Recuerda de manera fresca aquella imagen. Fresca porque la memoria no le ha permitido olvidar el día en que llegó a sus manos la primera de una extensa lista de imágenes que de alguna forma lo excitarían y lo llevarían a masturbarse... o al onanismo, como se le diría de manera menos explícita.

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La sola fotografía le movió algo que duró casi dos décadas en lograr detener, algo que aún amenaza con perturbarlo si se descuida en un mínimo instante, algo por lo que sigue acudiendo a terapia en un grupo de Sexo Adictos Anónimos.

El hombre, cuyo nombre no hace falta revelar y quien se dedica a hacer consultorías gerenciales, cuando era niño y entraba a la adolescencia acudía al recuerdo de la mujer semidesnuda en papel periódico para terminar un rato después, y una vez más, encerrado en el baño autocomplaciéndose.

Era su medicina inmediata, parecía ser su inagotable solución eterna.

Este confeso adicto a la pornografía y a otras prácticas sexuales que se fueron acentuando con el paso de los años asegura que las personas que padecen de lo mismo que él descubren que en la sexualidad existe un estado mental que los separa de la realidad.

Suena a ingresar en una burbuja, en un mundo paralelo que los hace distanciarse de todo aquello que puede estar haciéndoles daño. A sabiendas de que cualquier alusión al sexo lo llevaba por ese camino que concluía en un orgasmo, no pretendía, ni podía parar.

–Mi cuerpo sabía que la pornografía me relajaba, había conseguido una predisposición a nivel cerebral.

De las fotografías de calendarios candentes pasó a excitarse con un anuncio de televisión en el que aparecía una muchacha que él describe como “ sensual”.

Más tarde, bastaba con que escuchara la música del comercial para pensar en aquel video, luego, asociaba la publicidad con la masturbación y entonces corría al baño.

También fue voluntario de una iglesia por 10 años.

–A veces les decía que me iba a encerrar a un cuarto para orar, pero en realidad estaba viendo porno. No es que tenía falta de Dios, es que era enfermo.

Ya de adulto, ni era indispensable ir al baño, ni era necesario contar una fuente directa de origen “sexoso”.

–Después de un tiempo el el cine erótico ya ni cosquillas me hacía, sino que era otro tipo de material el que me alborotaba y me llevaba a otra serie de actividades relacionadas con sexo, chateaba con mujeres desconocidas, y más tarde las citaba para vernos y terminaba acostándome con desconocidas todas las semanas.

Este adicto, era un hombre casado y gerente de una empresa.

Excitación insaciable

Era un hombre casado hasta que su esposa lo encontró en reiteradas ocasiones viendo porno en la casa. Era gerente de una empresa hasta cuando detectaron que, desde su oficina, accedía a páginas porno por varias horas durante el día.

–Yo acomodaba la computadora para que nadie pudiera saber lo que yo estaba viendo, me encerraba en la oficina inventándome reuniones.

Un día me dijeron que habían puesto un filtro digital para toda la empresa y que ahí había quedado registrado que yo había visto pornografía. Me dio mucha pena, me disculpé y les dije que no iba a volver a hacerlo, me advirtieron que si volvía a pasar me despedían.

Al día siguiente, a la misma hora, pasó lo mismo. Yo solo lloraba de la vergüenza.

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Yo pensaba 17 horas diarias en sexo y las otras siete soñaba con sexo.

A la pornografía puede considerársele como la representación de ciertas partes del cuerpo desnudo, o de actos sexuales sin intenciones artísticas.

“Curiosidad” es la palabra clave que calza con el primer afán de búsqueda de pornografía.

Ese deseo de encontrar cuerpos o escenas desnudas no debería ser problemático por sí solo. De hecho, la sexología la considera como una manifestación natural de la curiosidad que aparece, principalmente, en la pubertad.

En el largo ensayo La ceremonia del porno, los españoles Andrés Barba y Javier Montes aseguran que la obra pornográfica suele asociarse a una reacción lasciva, que resulta estimulante y es proseguida por la masturbación y un orgasmo, cuando se consume de manera privada.

En esa experiencia de autocomplacencia, se aproxima a un estado de inquietud, excitación y miedo. Ah, claro, y lujuria.

Sin embargo, es necesario tener claro que no todo el que vea porno terminará siendo un adicto.

Hay un vasto campo que distancia dicho hobby o deseo de aclarar preguntas concernientes a la adolescencia de la caída en un comportamiento compulsivo, obsesivo e impulsivo que depare más problemas que beneficios.

En esa frontera poco saludable, el porno ya no es una fuente de entretenimiento, sino que se le dedica un tiempo considerable a la semana y esto lleva a generar problemas a nivel social, laboral y familiar.

El escritor estadounidense Gore Vidal dejó una cita que calza a la perfección para describir el camino que toma quien vaya más allá de la inocente curiosidad: “lo único malo de ver algo de porno, es que después uno puede querer seguir viendo porno, y al final no querer ver nada sino porno”.

Caen en esa descripción los pornófilos, aquellos que, más allá de estar expuestos a la pornografía, se desbocan por buscarla hasta encontrarla. A pocos, el pornófilo se irá haciendo más exigente y no se contentará con lo tradicional, con lo mismo de siempre. A su vez, el material pornográfico irá escalando en crudeza.

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