Diego Arreseigor y Susan Shaw, durante el encuentro en Madrid. (Viviana Arreseigor)

Diego Arreseigor y Susan Shaw, durante el encuentro en Madrid. / Viviana Arreseigor

Un veterano de guerra devuelve el casco de su enemigo a la familia 37 años después

El argentino Diego Arreseigor luchó en la Guerra de Malvinas y encontró el objeto del británico Alexander Shaw mientras desminaba un campo de batalla

08 de noviembre de 2019 12:55 pm

Por: LA NACIÓN / GDA

Luego de 37 años, el militar y veterano de la Guerra de Malvinas, Diego Arreseigor, logró cumplir una misión que le quedó pendiente desde el final de la guerra: devolver el casco de un paracaidista inglés, que encontró durante su misión de desminado en Malvinas cuando era prisionero de guerra.

En los primeros años, cuando lo invitaban a charlas en los colegios, a reuniones con compañeros o a actos en conmemoriación por los caídos, lo llevaba con él para mostrarlo como un trofeo de guerra. Sentía mucho dolor por la derrota.

Pero a medida que los años fueron pasando y el dolor cediendo, el casco empezó a resonar en él con tristeza. Pertenecía a otro caído en Malvinas, como cualquiera de sus compañeros. En su interior ya no estaba claro el límite entre aliados y enemigos y sintió que todos éramos iguales ante el horror de la guerra y de la muerte. Pensó en la familia de ese soldado que quizás recibió la noticia de su muerte, en sus amigos. Conjeturó que quizás tuviera esposa, hijos y algo cambió en él para siempre. Prefirió pensarlo vivo e imaginarse un encuentro con él donde pudiera devolverle lo que le pertenecía .

Empezó a rastrear en las redes su nombre, Alexander Shaw, que había quedado escrito en el interior del casco, como si lo hubiera hecho a las apuradas, con una fibra y en una letra cursiva muy desprolija. Pasó muchas noches frente a su computadora y un día encontró lo que no quería encontrar: había muerto en combate. En un artículo en el blog que los veteranos de la Brigada 3 de Paracaidistas publican para ellos, un compañero suyo describía su caída, la noche del 13 de junio, en Monte Longdon (Malvinas).

"Para mí fue un golpe fuerte ver la foto de su tumba, con su nombre y también otra foto, en la que está sonriente, saludando desde el barco en el que zarpaba a Malvinas. Yo hubiera querido encontrarlo, escribirle y decirle: 'Che (amigo), tengo tu casco' y después poder encontrarnos para dárselo", dice Arreseigor .

En abril de este año, La Nación contó su historia y dejó el final abierto porque el encuentro con Susan Shaw, la hermana de Alex, estaba cerca. Recién se habían conocido por las redes y ella se conmovió mucho al conocer todo lo que había hecho este veterano de guerra argentino para devolverle el casco de su hermano como una misión personal de respeto y honor. "Susan se cansó de agradecerme que no lo haya vendido, algo que es muy usual allá, con todo lo que tiene que ver con la guerra", recuerda.

Encuentro en Madrid

El encuentro entre ambos se fue aplazando por motivos burocráticos y también personales de ambos. Juicios, enfermedades y muchas otras razones personales dilataron algo que sucedió, finalmente, hace pocos días, en Madrid. "Intercambiamos varios mails con Susan desde abril de este año. Pensé en viajar a Londres y llevárselo. Cuando eso se cayó, la invité a la Argentina y hasta pensé en ir a Malvinas con ella. Pero todo se fue desvaneciendo y encontré el momento justo cuando organicé un viaje a Europa con mi mujer", dice Arreseigor.

Susan aceptó la propuesta. La cita fue un miércoles de octubre, en un hotel céntrico de Madrid, a las 10 a.m. El veterano argentino y su mujer, Viviana, la esperaron en la puerta del hotel, parados en la vereda. En su cabeza, Diego se preparó para este momento muchas veces. Había elegido la ropa con cuidado, las manos le transpiraban y sentía una emoción que desconocía. "Me estoy poniendo viejo me parece, pero estoy muy sensible. Antes no me afectaban tanto estas cosas", confiesa. Viviana lo sostuvo todo el tiempo y, en su casa, habían comenzado a nombrar a Susan como un miembro más de la familia.

La vio bajar del taxi, acompañada por su marido, ambos tomados de la mano, mirando en distintas direcciones para encontrar el hotel. Diego la observaba acercarse y tenía que convencerse interiormente de que todo esto era real. La guerra, la posguerra, su paso por Afganistán, América Central, distintas provincias de la Argentina, el baúl que dejó cerrado en la casa de sus padres, con sus medallas, su uniforme, el casco y los recuerdos de la guerra se pasearon por su cabeza en los segundos que tardó Susan en acercarse. Esta mujer de 53 años, con su pelo rojizo de corte recto y al cuello, su vestido de seda oscuro a la rodilla y su mirada clara y melancólica venía también a traerle algo a él: reconciliación y paz.

"Ella no me vio hasta que estuvo más cerca. Me señaló con el dedo y me hizo un gesto como preguntando si yo era quien la estaba esperando. Yo me sonreí y asentí. No hablábamos. Se acercó y me abrazó muy cálidamente. Fue un abrazo de gente que se conoce hace mucho tiempo, como de viejos amigos", recuerda Arreseigor. Entraron al bar del hotel, se sentaron en los sillones y empezaron a hablar como podían. Susan y su marido no hablan ni una palabra de español, y Diego maneja un inglés muy básico. Sin embargo, nada impidió que se entendieran.

Botín de guerra

Al rato de saludarse y luego de sentarse a charlar en los sillones, Diego Arreseigor abrió el bolso que tenía a un costado, sacó el casco y se lo entregó a Susan, mirándola a los ojos. "Esto es tuyo y yo ya no lo tengo que tener más" , le dijo. Ella se levantó con el casco en la mano para abrazarlo fuerte y largamente mientras ambos lloraban de emoción. Su marido también se acercó y ella aprovechó ese rato para apartarse con el casco. Se sentó y se quedó mirándolo fijamente, como buscando las últimas huellas de ese hermano que perdió cuando tenía 15 años y que permaneció en la memoria familiar con su sonrisa jovial de la despedida.

Susan le contó que ella tenía cuatro hijos y tres nietos. Y que sus padres ya habían muerto, y nunca lograron recuperarse de la muerte de Alex. Siguieron viviendo en Crosby y allí murieron. Susan se había quedado cerca de ellos para cuidarlos. Ambos están enterrados junto a su hijo, en el cementerio del pueblo. De la viuda y el hijo de Alex no supieron nada más desde que se fueron de Crosby, a los seis meses de terminada la guerra. Ella se casó con otro militar y se desvinculó de toda la familia. "Susan estaba muy triste por no conocer a su sobrino ni saber nada de él, pero prefirió no hablar de lo sucedido", dice Arreseigor.

El encuentro duró tres horas y volvieron a verse a los dos días para despedirse. Se prometieron visitas, mantener el contacto y fotos. Nadie se enteró de este encuentro. No hubo medios ni instituciones. Fue un encuentro íntimo, de dos familias que quedaron unidas para siempre.

"Si tengo que describir lo que sentí, fue un alivio tan grande. -dice Diego-. Era algo que tuve muchísimo tiempo conmigo. Me acompañó en los distintos lugares a dónde me destinaban y tenía mucha importancia para mí. Siempre pensaba cuál iba a ser el destino de esto, para quién quedaría, qué haría yo antes de morirme y lo que quería era simplemente esto que sucedió. Hoy está en en el lugar que tiene que estar, en las manos de quienes siempre lo tuvieron que tener".

 

 

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