Pablo

A Pablo Arciniegas le tomaron esta foto una semana después de su segundo accidente de tránsito. / El Tiempo / GDA

Estuvo a punto de morir dos veces el mismo día

Pablo Arciniegas cuenta que sufrió dos accidentes de tránsito el mismo día en años diferentes

06 de junio de 2018 06:06 pm

Por: El Tiempo / GDA

Lo único que importaba era el tenis, el izquierdo. Se le había salido volando. ¿Dónde estaba?

Por suerte, lo encontró rápido, sobre el césped, y prestó poca atención cuando un carro frenó frente a él.

Ni el tráfico de la carretera le impidió el paso al carro; de allí, asustada, se bajó la mamá de Pablo Arciniegas para ayudar a su hijo, que acaba de salvarse de morir.

Pablo entonces tenía 25 años; era el año 2015. Su mamá respondió, en realidad, a su llamado de auxilio. “Caí en el pasto y lo primero que hice antes de ver qué había pasado fue que grité ‘¡Mamá!’”, cuenta él. No llegó a perder la conciencia, pero el dolor le sacudía el cuerpo, lo había dejado desorientado.

Había pasado minutos atrás: Pablo acababa de bajarse del carro de su mamá sobre la orilla de la carretera; quería cruzar al otro lado y, para eso, tuvo que caminar entre carros que formaban parte de un congestionamiento que no se movía ni un paso; los vehículos le impedían ver a lado y lado de la carretera; cruzó al otro lado.

"El 30 por ciento de la culpa fue mía porque tuve que haber cruzado por el puente peatonal, que quedaba como a diez minutos caminando”, dice.

Aprendió la lección: ahora, siempre usa los puentes peatonales. "Es que la orilla es para que los carros se estacionen por si tienen alguna emergencia, no para que pase una moto a sesenta kilómetros y te levante”.

No sabe si alcanzó a poner un pie sobre la orilla. Al momento siguiente, estaba echado sobre el césped, alejado varios metros de la carretera. El impacto de la moto había hecho que se le volara un tenis; había hecho que él volara, también.

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Lo buscó una ambulancia. Pablo recuerda que en el hospital los médicos le revisaron cada parte del cuerpo para estar pendiente de cualquier contusión que pudiera alertarlos.

Solo le quedó, por un tiempo, un hematoma en el antebrazo derecho. “No me rompí nada, quedé templado”, recuerda. Y salió del hospital ese mismo día. “¿Qué hice? Pues, yo siempre me tomo todo como un chiste, incluso bromeaba con mis amigos cuando me llamaban por teléfono a preguntarme si estaba bien”. Tardó dos años en darse cuenta que, el 3 de noviembre del 2015, pudo haber muerto. Tardo dos años exactos; ni un día más, ni un día menos.

Lo único que importaba era llegar al trabajo.

Se transportaba en bicicleta sin casco, en la calle, de vez en cuando rozando algún carro. ¿Dónde estaba Pablo? Andando en la carrera novena con calle 134, en Bogotá.

El tránsito de la novena avanzaba rápido; él conducía la bicicleta cerca del andén y, momentos después, otros ciclistas le echaban agua sobre el rostro y ayudaban a levantarse del andén a un Pablo que acababa de salvarse de morir.

Esa vez fue un bus que, mientras pasaba sobre la calle, a su lado, lo impactó de forma tal que lo hizo caer de cara al andén. “Escupí sangre y pensé ‘Se me volaron todos los dientes’”, dice Pablo; pero los dientes estaban ahí.

Sí tenía cortes en los labios, moretones en los ojos, cortaduras en las piernas, en las manos. ¿Y la bicicleta? “No sé cómo pasó, pero la bici quedó echa chatarra debajo del bus”. Pablo no. Pablo, ¡otra vez!, se había salvado. Aprendió la lección: ahora, evita la bicicleta o, si la usa, se pone un casco.

De ese accidente tiene una cicatriz en una pierna, otra en una mano; un par de recuerdos físicos del 3 de noviembre del 2017.

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“Bueno, pues cada 3 de noviembre voy a envolverme en un plástico de burbujas porque qué más”, pensó él tras el segundo accidente, según recuerda, porque su sentido del humor también quedó intacto. Es una cualidad que heredó de su papá, dice, un hombre que reacciona frente a las adversidades de la vida con sonrisas y chistes.

Sin embargo, ese día que volvió a salir ileso Pablo vio por tercera vez en su vida llorar a su papá. Lloraba, dice, porque por segunda vez su hijo pudo haber muerto. “Me decía que él no sabría qué hacer si me perdía”, cuenta.

Repetía lo que también le dijeron los médicos ese segundo 3 de noviembre: “Usted pudo haber muerto”. Y Pablo empezó a pensar, luego de esas insistencias, en lo que le repetía también su mamá: que el hecho de que estuviera vivo era un milagro.

Fueron alarmas emocionales. Pablo empezó a sentirse supremamente triste y pensativo y eso se extendió por meses. “Existencialista”, lo describe: pensando en por qué estaba en este mundo, cuál era su relación con el universo, con la vida. Se preguntaba cómo podía ser que la vida fuera tan insignificante frente al resto; cómo podía ser que se pudiera desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

En ese proceso, su familia insistía en que sí, ¡tenía que tratarse de un milagro! No podía ser que hubiera tenido accidentes casi fatales en fechas exactamente iguales y que hubiera salido ‘ileso’. Son anécdotas que, cuando se las cuenta a extraños, instan a una reacción automática: “¡Qué milagro que estés acá!”.

Pero Pablo dice estar convencido de que, sí, fue casualidad. “No sé si me emborrache o me guarde en la casa este 3 de noviembre, pero lo voy a tratar como cualquier otro día, porque todos los días puede pasar cualquier cosa. No quería casarme con una sola respuesta y prefiero vivir medio amargado, pero siempre dudando de todo a pensar que algo es un milagro y punto”.

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