Antropólogo

Su doble labor la realiza desde hace más de 10 años. / EFE

De día es antropólogo forense y de noche se convierte en el médico de una aldea

Miguel Botella es un español que goza de cariño y respeto de la población por su noble labor

22 de febrero de 2018 05:26 pm

Miguel Botella es un antropólogo y médico español que combina sus profesiones en las aldeas del este de Asuán en Egipto, donde es un personaje querido y respetado por la comunidad.

Al caer la noche, Botella cuelga el turbante azul que viste durante el día en la excavación arqueológica donde trabaja para ponerse la bata de médico. Durante un mes se convierte en el doctor de las aldeas de Asuán, cuyos habitantes esperan su llegada para que les alivie sus afecciones.

Alrededor de las 19:30 horas locales, da comienzo la consulta. Una gran cantidad de gente se amontona en el salón de la entrada de una casa de cuatro pisos, situada enfrente del entramado urbanístico de Asuán y que acoge la misión arqueológica de Qubbet el Hawa, de la que forma parte Botella.

Esto sucede desde hace prácticamente una década, cuando la gente del pueblo se enteró de que Botella, era médico, además de trabajar como antropólogo forense estudiando las momias en la excavación, que se remonta a la época faraónica.

La voz se extendió rápidamente por las calles de las humildes y pequeñas aldeas coloridas, donde no hay doctores y sus vecinos se ven obligados a cruzar a la otra orilla del Nilo para recibir atención.

"La gente se enteró de que yo era médico porque tuvimos un problema en el yacimiento y tuve que coser una herida", comenta Botella, poco antes de ponerse el Sol, desde la terraza de su hogar temporal, situado en una de las cinco aldeas que forman el este de Asuán.

"No hay médicos en toda la zona del este de Asuán, donde hay una cantidad de población estimable. No hay médico, no hay Seguridad Social y en Asuán los hospitales son de pago. Y claro, son enormemente pobres", apunta el catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Granada, España.

A Botella le apodan en el pueblo como "Abu Digui", que para ellos significa "el hombre respetable con barba", que el médico luce con orgullo y que siempre toca en cuanto se acerca a un paciente para realizar el diagnóstico.

Un auto recoge al médico para llevarle a una casa del pueblo, donde una familia espera a Botella, que se desplaza junto a la enfermera española Rosario Guimarey, que también participa en la excavación, para que atienda a un hombre sin apenas conciencia.

Tras un diagnóstico negativo, lo único que pide es que le lleven inmediatamente al hospital. Dos días después, una llamada le anuncia que el paciente ha muerto.

"A veces es muy frustrante. Con los casos graves no puedes hacer nada. No tienen posibilidades porque no tienen dinero, porque no tienen dónde ir. Si consigues aliviarles el dolor ya estás haciendo algo", indica, y añade que, pese a todo, la experiencia es "enormemente positiva".

Una vez acabada al junte en el que se encuentran los miembros del equipo arqueológico español de Qubbet el Hawa, liderado por la Universidad de Jaén, Botella baja las escaleras para otra consulta. Esta vez viene un padre con su pequeño, totalmente dormido.

El progenitor busca un remedio para que a su hijo le crezca la pierna izquierda, que fruto de una luxación congénita de cadera podría impedirle que siga caminando.

La solución es que siga un tratamiento en la capital, El Cairo, a unas 622 millas al norte de Asuán, aunque el padre asegura con la mirada perdida que no puede costearlo más, que ha vendido sus dientes y hasta su tumba.

"Ya rab" (Oh Dios, en árabe) son las únicas palabras que clama mirando al cielo al saber que no hay más solución que esa.

Sin embargo, más allá de estos casos, las patologías que suele tratar Botella "son, mayormente, sencillas", pues "la gran mayoría son problemas de artrosis, de columna o de rodilla", dice.

Esto se debe, sobre todo, a la deplorable calidad de vida, ya que "teniendo en cuenta que el pueblo es desierto, no hay calles, y que es pura arena, la mujer se destroza las rodillas y la cadera cuando sale, y también por los niveles de obesidad que existe entre ellas. Ese es el gran problema", indica.

Cuando "Abu Digui" pasea por la aldea o monta en la camioneta pick-up que le conduce al yacimiento, la gente le saluda y sonríe como si de un salvador se tratase.

"Son experiencias que no tienen precio. Es una cosa enormemente difícil, pero tan gratificante que merece la pena", arguye, al agregar que no quiere que se lo agradezcan ya que esa es su labor voluntaria.

Con un brillo en los ojos que le hace olvidar todos los esqueletos y momias que ve a diario, señala: "esto tiene un punto importante y es ver que puedes hacer algo por la gente. Por poco que hagas estás ayudando. Te cogen la mano y te dicen gracias. Y eso no tiene precio". 

Con información de EFE

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