Sara Vallejo

Sara está viajando hace dos meses por Latinoamérica en motorhome. / Foto: Soledad Arostegui

Una argentina de 80 años vendió todo y se fue a viajar en una casa rodante

Tiene tres hijos, tres nietos y un bisnieto; fue profesora de inglés y una de sus grandes pasiones es viajar sin una ruta

01 de noviembre de 2017 03:47 pm

Por: Stephanie Chernov/La Nación

Sara Vallejo vivió casi toda su vida en Tucumán, al noroeste de Argentina, pero su espíritu viajero la consagra como una ciudadana del mundo, o de ningún lugar en particular. Se define como viajera y no como turista, aunque se empeña en aclarar que "no sabe si hay una diferencia" de significados, pero para ella "viajar es más que conocer un lugar, es conocer su gente, vivirlo a fondo", dice, y enumera: "sus comidas, sus olores, sus paisajes, sus amaneceres, sus puestas de sol, en fin, todo lo que te brinda un lugar que te enamora de otra manera".

Habla por teléfono desde Salvador de Bahía con la atenta mirada de su amiga Patricia, que llegó ese día desde Buenos Aires para sumarse a sus aventuras por las carreteras sudamericanas. "El viaje se va haciendo al andar, no sé ni adónde vamos a salir mañana a la mañana", cuenta en diálogo con LA NACION, y enseguida recuerda que su único punto de referencia es el encuentro con su hija en João Pessoa, una ciudad al norte de Brasil, para pasar juntas las fiestas.

"No me gusta quedarme quieta"

Sara está jubilada de profesora de inglés, aunque asegura que a lo largo de su vida "se dedicó a mil cosas". La clave, para ella, está en no quedarse quieta y en vivir el presente. "A donde me lleve el viento, voy para donde tengo ganas en el momento", reafirma.

Esta historia, aunque recién está dando sus primeros pasos, se empezó a gestar años atrás. Su pasión por los viajes la llevó a recorrer varios países del mundo y en múltiples medios de transporte: pasó por casas de familia, por hoteles, por hostels y por cabañas. Se subió a barcos, aviones y micros. Además, es parte de una comunidad de couchsurfers, una modalidad que permite a los viajeros alojarse en casas de residentes locales a un precio accesible. Ser nómada le permitió abordar los viajes de una manera alternativa: "No me gusta estar atada a lo que otra persona pensó por mí ni tener un recorrido fijo, siempre trato de hacerlo con la mayor libertad posible", dice.

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Vendió su casa y todas sus pertenencias para costear el motorhome y el resto del viaje.

Foto: Soledad Arostegui

El viaje en motorhome surgió en una charla con un amigo, que le sugirió que era lo único que le faltaba hacer. La curiosidad pudo más y despertó una oportunidad que no había considerado jamás. ¿Cómo conseguiría la casa rodante? ¿Lo manejaría ella? ¿Adónde iría? ¿Con quién? Los interrogantes no fueron un impedimento para Sara, que siempre intenta concretar lo que se propone, y "si no va, no va, doy vuelta la página y a otra cosa", dice.

"El punto de inflexión fue el desapego de las cosas"

Su primera barrera fue la económica, pero derribarla, para Sara, no costó más esfuerzo que una decisión: vender su casa, su auto y "todas sus cosas menos algunas que quedaron en once cajas".

"Paseaba por mi casa, miraba todas mis cosas y pensaba qué iba a hacer con todo eso, hasta que un día empecé: hice unos cartelitos de papel creppe, los puse en la puerta de mi casa y decidí que el sábado siguiente iba a hacer una feria de garage", cuenta Sara, que desplegó los carteles en los postes del barrio para que los vecinos se enteraran.

"El sábado abrí las puertas, me puse unas mesas en la galería y fui acumulando todas las cosas de las que me podía desprender porque no me iban a servir en esta aventura, y así fue que con papelitos y cartelitos puse precios: $ 20, $ 40, $ 100 era lo máximo, y rematé todo a amigos y vecinos que se llevaron lo que a ellos les gustaba", detalla a LA NACION.

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Sara junto a Elsa, Carlos y "Negrita", los primeros tripulantes del motorhome.

Foto: Soledad Arostegui

Con el dinero que recolectó en el bolsillo, el segundo paso fue elegir a su principal compañero de aventuras: el motorhome. Hallarlo le llevó casi tres meses. "No lo encontré en la Argentina, no lo encontré en Chile y tampoco en Uruguay. Empecé a ver sitios en EE.UU., pedí ayuda a muchos amigos, hasta que me decidí por uno y lo compré", cuenta, y agrega que sólo lo vio a través de fotos, catálogos y videos y lo compró por Internet con una tarjeta de crédito. Está equipado con una cama matrimonial, un sillón cama de dos plazas, un baño con ducha, varios armarios, cocina con dos hornillas, un microondas, un televisor y un equipo de audio.

"Si no tienes un proyecto por delante, vivir se convierte en una pesadilla"

Su motorhome viajó en barco y llegó a Montevideo, preparado para reunirse con su dueña y salir a rodar. Sus primeros inquilinos fueron Carlos y "Negrita", un matrimonio de amigos de Concordia y una amiga de ellos. A esta altura, sus hijos aceptaron la idea y la apoyaron en todos los pasos. Probaron el vehículo durante algunos días e hicieron una fiesta de despedida. Ya estaban las condiciones dadas para iniciar el viaje.

"En dos meses recorrí 12,000 km (unas 7,500 millas) hasta Salvador de Bahía. Visitamos las playas de Uruguay, nos quedamos en Santa Ana en la casa de una amiga y de ahí seguimos para varias localidades del sur de Brasil: Río Pardo, nos encontramos con amigos en São Lourenço, recorrimos las playas de Florianopolis, después Buzios, Río de Janeiro, Ouro Preto, Niterói, Belo Horizonte y de allí vinimos por la costa hasta llegar a Salvador donde tenemos amigos de muchísimos años".

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Una imagen del primer encuentro con su compañero de viajes.

Foto: Soledad Arostegui

 

Cuenta que la ciudad que más le gustó hasta ahora es Ouro Preto: "Es una ciudad histórica, patrimonio de la humanidad, está mantenida y no la han convertido en una ciudad museo y las playas y los bosques de Brasil también son impresionantes".

Para afrontar los gastos de la aventura, desarrolló un proyecto de financiamiento colectivo a través de las redes sociales. El motorhome es un Ford de 10 cilindros y consume $ 100, cada dos días.

 

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Sara recibió a toda su familia en Montevideo.

Foto: Soledad Arostegui

 

¿Qué hay que tener para animarse a hacer un viaje en motorhome?

Para hacer algo así hay que tener varias cosas pero no tantas: un espíritu positivo y dispuesto, una relativa buena salud -yo tengo más espíritu que físico- y después tomar la decisión. Un pasito te lleva al otro. Proyectos hay que tener siempre, si no tienes un proyecto de vida por delante, vivir se convierte en una pesadilla. Para mí la cuestión es vivir cada día como si fuera el último, pero vivirlo, absolutamente vivirlo.

¿Y para llegar a los 80 años con esa energía?

Viene desde siempre, de no quedarme en algo que no me da satisfacciones. Mucha gente me pregunta si no tengo nostalgia de la casa que vendí y yo siempre respondo que no. Sirvió durante un tiempo, la disfruté, pero ya no me convence y sla despide con mucha alegría también. Tuve muchas cosas en mi vida: un restaurante en mi casa, trabajé de varias cosas, viajé a muchos lugares, lo viví intensamente y eso es lo que me gusta hacer y seguir haciendo.

¿Qué piensas hacer cuando se termine el viaje?

¿Quién te dijo que se va a terminar? ¿Por qué? Se puede terminar por muchas razones, por supuesto, pero en este momento no estoy pensando en el final del viaje. Hace un rato hablé por teléfono con uno de mis hijos y me dijo: "Mamá, ya pasaron dos meses", y yo le dije que estamos recién empezando, todos los días hay alguna novedad, hoy ya no soy la misma persona que era ayer y me parece que eso le pasa a todo el mundo si viven las experiencias y las disfrutan. Esta experiencia me aporta energía, ganas de vivir, de conocer más gente, de cultivar a los amigos viejos y nuevos, ganas de ver más mundo. No me da tristeza, no me da ganas de dormir y de no hacer nada. Me da ganas de hacer.

 

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