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El pene corto de las esculturas

Los griegos asociaban la flacidez con el deber ser del hombre de ese tiempo

07 de agosto de 2016 04:00 pm

GDA / El Tiempo / Esther Balac

Se dice que la estatua de ‘Doríforo’, esculpida en el siglo V antes de Cristo por el griego Policleto, es un tratado sobre las proporciones del cuerpo masculino. La perfección de la obra es tal que, según los expertos, hasta se puede notar, por la expresión de su rostro, como respira ‘Doríforo’.

Lo que resulta curioso es que se pase por encima la escasa dotación genital de la escultura, mucho más tratándose de un ícono de la anatomía artística. Porque, valga decirlo, ‘Doríforo’ ostenta un micropene de vergüenza.

Pero no es la única estatua clásica, y especialmente griega, que lo tiene cortico. Basta darles una mirada a ‘Hermes con el niño Dionisio’ para sospechar que su creador, Praxíteles, no se preocupó mucho por moldearle su apéndice vital o detenerse en el bajo vientre de ‘Apoxiomeno’ para comprobar que Lisipo (el tallador) fue muy generoso al imprimirle una magistral sensación de movimiento, pero austero con sus centímetros viriles.

Esta observación, la del pipí cortico en los museos, también ha sido hecha por historiadores que han llegado a conclusiones que pueden retornarles el optimismo a muchos señores que sufren cuando comparan sus dimensiones con las de los actores de las películas porno, las cuales seguramente todos han visto.

Pues resulta que tras estas microtorneadas tacañerías se esconden unos preceptos sociales y culturales, robustos y largamente soportados sobre la premisa de que los verdaderos varones de pelo en pecho griegos anhelaban tener el pene reducido.

El asunto es que por esa época se asociaba la flacidez, la languidez y la escasa dimensión fálicas con todas las virtudes ideales masculinas. Así lo dice Andrew Lear, de la Universidad de Harvard. Mejor dicho, los buenos hombres eran los que cargaban la maleta más ligera bajo la túnica.

Por el contrario, insiste el profesor, un órgano grande y en actitud de ataque simbolizaba la perdición, la decrepitud y la bajeza. Razón por la que los sátiros, esos acompañantes de Dionisio, eran representados –además de feos– con herramientas masculinas talla XXL bien erguidas, con lo que se proyectaba el desenfado, el placer, la lujuria y la mala vida.

Aunque no se tiene claro cuándo cambiaron estas ideas, lo cierto es que en materia de penes los artistas se las traen. El cementerio parisino de Père-Lachaise, por ejemplo, tiene en el bronce del periodista Víctor Noir el mástil masculino más famoso de Francia. Es tal la protuberancia que le dejó Jules Dalou, su autor, que generó la creencia de que aquel que lo toque garantiza buenos polvos de por vida.

Más allá de la historia, son los sátiros y Noir los que parecen inspirar en secreto a muchos hombres a los que hoy solamente les quedaría anteponer sus virtudes, su educación y sus buenas maneras (si las tienen, por supuesto) para justificar un mástil tipo ‘David’ de Miguel Ángel: bonito y famoso, pero chiquito. Hasta luego. 

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