Tapón lluvia

Tapón provocado por las lluvias de la tarde del 13 de julio de 2016. / Para INDICE / Alejandra M. Jover Tovar

CRÓNICA: El infierno en la carretera

Un trayecto de 20 minutos se convirtió en cuatro horas por la lluvia en el área metropolitana

13 de julio de 2016 07:09 pm

Alejandra M. Jover Tovar | [email protected]

En condiciones normales, el trayecto desde mi hogar, cerca de la 65 de Infantería hasta las instalaciones de GFR Media, en la carretera 165, toma entre 20 y 25 minutos, considerando los pequeños retrasos del expreso PR-22, en sentido de Río Piedras a Guaynabo.

Hoy no. Hoy, contra todo pronóstico, lógica y más allá de cualquier escenario macondiano que se nos hubiese podido ocurrir, me tomó cuatro horas.

Lo escribo y ni yo misma lo creo. Ya la lluvia caía con fuerza cuando, en la avenida Jesús T. Piñero, tomé la decisión de subir al PR-22, sabiendo por pasadas situaciones que la primera estaría inundada. Pensaba que el trayecto, aunque pesado, me tomaría tal vez cuarenta minutos.

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Fast forward a las 3:00 p.m., una hora después de lo que se suponía fuera mi hora de entrada a mis labores en ÍNDICE. Con los carros bumper to bumper, la lluvia inclemente, los que trataban de acelerar por el paseo, los gritos e insultos de ventana a ventana, miraba atónita cómo colapsaba una de las vías más transitadas del área metropolitana a cuenta de un aguacero. En una isla en la que históricamente llueve a cántaros en verano, definitivamente no estamos preparados para una fuerte lluvia y ni hablar para un huracán.

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Los pocos carros que lograban acelerar par de metros dejaban una ola de agua enlodada, que en par de momentos se metió por mi ventana. Alternaba entre prender y apagar el acondicionador de aire, tratando de evitar que el carro se recalentara (afortunadamente, se portó como un titán) y, en tráfico totalmente paralizado, verificaba por internet cómo estaban las condiciones de tránsito. Cada vez que revisaba, el mapa daba miedo...

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Las áreas rojas son el tapón. Las verdes el tránsito que fluye.

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Hablar del paseo es imposible. Muchos autos lo usaban como un carril más y vi más de uno parado en medio de la vía con el bonete abierto, escupiendo humo. Sin embargo, hubo cosas graciosas en el dantesco trayecto: un grupo cantando regguetón a todo galillo, un señor en una guagua aprovechando para afeitarse (en serio, con esas rasuradoras chiquitas de farmacia), una señora entretenida tomándose selfies y, en fin, no había violación de tránsito ninguna porque, en realidad, nadie se estaba moviendo. Hasta yo tenía el carro en parking.

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Cuando el tráfico aceleraba un poco, todos saltaban como caimanes a ocupar el espacio libre, empeorando la situación. Yo decidí cogerlo con una mezcla de indignación, calma y desesperación por llegar a mi trabajo o cualquier parte, en verdad, con tal de apagar el carro y descansar. Las piernas entumecidas, el estómago gruñendo y el repiqueteo de la lluvia constante era para volverse loca.

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Todos estábamos en el mismo bote. Las caras largas, molestas o, simplemente, en estado catatónico eran la orden de la tarde. Es que a quien mirara me devolvía un rostro de incredulidad. ¿El pensamiento colectivo? "No es posible que esto esté pasando", debió haber sido lo más publicable.

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La escena se repitió, como dije, por cuatro horas. Cuando finalmente logré estacionarme y apagar el carro, con una bolsa con fast-food en mano (lo único que pude conseguir sin tener que bajarme del carro y atrasarme más) lo único que pude hacer fue respirar hondo y caminar a traspiés hasta el edificio, el escritorio y escribirles esta crónica porque, si no lo comparto, exploto.

P.D.: Que alguien sepa, ¿mañana va a llover?

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