Lizza

Alvin Báez / Para ÍNDICE

FOTOS: En la piel de Lizza, la profesora transgénero

Lejos de ser un personaje de la literatura que imparte, Lizza Fernanda nos relata su propia novela marcada por el aislamiento de sus pares

23 de junio de 2016 07:46 am

Por: Némesis Mora Pérez | [email protected]

De Luis Felipe Díaz queda muy poco. A penas la voz áspera, grandes manos y una espalda ancha y viril. El resto lo desplazó Lizza Fernanda, la versión más femenina de su alter ego.

Lizza, de 67 años, es segura, feminista y autosuficiente. Le sobran los tacos, el maquillaje escandaloso y unas cuantas buenas hombreras para disfrazar lo que resta de Luis.

El bisturí y el tiempo borraron segmentos de quien una vez fue.

Lleva la cintura hecha, también el cuello, labios, pómulos, frente, nariz y muchas cosas más. Es amiga de la noche y fiel amante a los libros. Es profesora de la vida y de la Universidad de Puerto Rico.

Sin embargo, Lizza camina con nostalgia.

Como cuando la vida te sabotea. Se siente incomprendida ante las mentes cerradas. La universidad le ha dado de codo y la comunidad transgénero igual.

Al parecer, la Isla no dio pies con bola con ella.

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Ante esto, tomó una dramática pero firme decisión: cruzar el charco hacia la ciudad de los vientos, Chicago.

“Este último año me han aislado en la universidad. Me he sentido muy aislada. Y a la comunidad transgénero se le sale a veces la hipocresía”, dijo Lizza, al paso de confirmar su partida para el año que viene.

Profesora de día…

Mientras una brisa húmeda le mueve uno que otro cabello cobrizo, de esa peluca que escogió con cautela antes de salir de su casa, Lizza mira con nostalgia la torre de la IUPI. Y no es en vano. 

Han pasado 30 años desde que comenzó a impartir clases en el recinto riopedrense y sólo siete desde que decidió llegar al salón vestida como toda una señora profesora.

Con tan solo poner un pie en la universidad, los estudiantes la reconocen a leguas. La observan de arriba abajo, se sonríen y se paran a conversar de literatura. También le piden consejos académicos. La miran con respeto y con aires de admiración.

“¿Dónde me recomienda irme a estudiar francés?”, le pregunta una de las estudiantes que se paseaba por el recinto riopedrense.

Después de esta interrogante, no pararon de hablar de la importancia de estudiar idiomas y viajar el mundo como parte de la carga académica.

Para dar clases, Lizza se emperifolla, usa sombras de colores suaves y no repite ni un solo set de ropa en todo el semestre. Es toda una señora, con sus espejuelos a media nariz y atuendos vintage.

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Lizza es conocida en el departamento de Humanidades por impartir a la excelencia cursos de literatura puertorriqueña, literatura española, semántica y teoría del lenguaje, entre otros.

La también catedrática tiene una maestría en Literatura Comparada y un doctorado en Estudios Hispánicos.

Diva en las noches…

Lizza no duerme bien. Padece de insomnio y las pastillas que toma para apaciguar el dolor de la fibromialgia no le ayudan a conciliar el sueño.

En cambio, las noches no son tan largas en la tranquilidad de su apartamento en Bayamón.

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Se le pasan las horas sumergida entre libros y series de Netflix, esas de corte policiaco, oscuras y fantasiosas.

Cada jueves es de puro cabaret.

Cuando el reloj marca las 12 de la media noche, Lizza se trepa en la tarima de Zal Zi Puedes Mini Bar en Santurce para deleitar al público con un repertorio de canciones bastante corta venas. Lizza luce clásica y coqueta. Según asegura, ella es “glamour en las noches”.

Los ojos presentes la miran con aires de deseo.

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Le ponen dinero en los senos y piden más de Lizza. Ella aprovecha el delirio y les da más. Se mete en la barra con micrófono en mano y dobla canciones de Rocío Dúrcal. El público se une, la aplauden, le cantan, la desean.

Cuando casi finaliza el show, Lizza recalca a los presentes, gran parte de ellos personas mayores, que rehará su vida en Chicago. Se desilusionan, parece dolerles.

En cambio, la transformación en el semblante de su público no la desalienta. Al revés, se impone como nunca junto a su vestido negro azabache.

La noche se calienta y su repertorio se vuelca más sensual.

Con “Quizás” de Sara Montiel se despide Lizza. Al acabar, la besan, la abrazan y la quieren.

Aunque aún no parte a Chicago, donde se mudará próximamente por el cariño que le tiene allá la comunidad transgénero, ya su público la extraña, la sufre, la añora.

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