Uno de mis primeros dibujos fue un retrato de mi papá.

Uno de mis primeros dibujos fue un retrato de mi papá. / SHUTTERSTOCK

Recordando a su Superman

Previo a la celebración del Día de los Padres, nuestra reportera dedica estas líneas a su héroe

16 de junio de 2016 08:41 am

Olga Román | [email protected]

Hoy, no escribo como periodista, sino como una hija que tuvo un padre maravilloso, el mejor.

Comparto este relato, para recordarles la influencia extraordinaria y poderosa que tiene la crianza de un buen padre en un hijo o hija.

Papá tenía un ojo azul y otro marrón. Era grande, no solo en estatura. Era, sobre todas las cosas, un buen hombre y un romántico idealista que pensaba que el mundo tenía remedio.

Era también un rebelde con causa, amante de las novelas históricas, de los poemas de Mario Benedetti y un hombre que no sentía la menor verguenza al llorar viendo una película. Pero, sobre todas las cosas, era un gran papá, cuya única exigencia para mí era que fuera feliz.

Tenía esa capacidad mágica de hacerme sentir, tras una conversación, que todos los problemas de la vida eran pequeños, insignificantes.

Éramos mejores amigos y él creía en mí de la misma forma en que yo creía en él.

Lo admiré desde que nací, según me cuenta mi mamá. Mi afinidad con él era tan grande, que uno de mis primeros dibujos, fue un retrato suyo.

Cuando empecé a estudiar arte en la escuela intermedia, una de mis primeras caricaturas, fue de su rostro. Él la enmarcó y siempre la exhibió con orgullo.

De pequeña, papá me hacía sentir tan segura, que nada malo podría pasarme mientras él estuviera cerca.

Sin embargo, cuando yo tenía 11 años de edad, y él, apenas 33, fue sometido a su primera operación de corazón abierto. 

Su rostro, al salir del hospital, reflejaba puro terror. Me enfrenté a la realidad de cuán frágiles somos los seres humanos y a la crueldad de la enfermedad.

Papá ya no parecía aquel hombre invencible, ahora, necesitaba de mí, de todos nosotros, para recuperarse. Mi amor de hija creció de una forma más realista y, la admiración, fue acompañada por ternura y compasión.

Presencié en primera fila su deterioro a través de los años y, como, con tan solo 50 años de edad, tareas sencillas, como caminar, se le hacían difíciles.

En su vida adulta, sus continuas hospitalizaciones fueron parte de nuestra rutina y, a pesar de sus circunstancias, él no perdía la inspiración y el buen sentido del humor, pues sabía reírse de sí mismo.

Hace poco, fui al supermercado donde lo llevaba a hacer la compra, y vi el área de la cafetería donde se sentaba para tomarse un descanso. Las lágrimas se me escurrían al recordarlo tan claramente.

Días antes de que muriera, le llevé un yogur de fresa (su favorito) a su casa, conversamos como solíamos hacerlo y me dio un último besito en la frente. Supongo que esa fue nuestra despedida.

Murió en noviembre de 2013 tras una intensa y larga batalla contra los problemas del corazón y la diabetes.

¡Luchamos tanto para que se quedara aquí, con nosotros!

Espero que los padres e hijos tengan la oportunidad de reflexionar sobre su relación, que puedan recordar sus mejores momentos y también, aquellos que son difíciles, que sepan estar en las buenas y en las malas.

También aspiro que estas palabras evoquen la memoria de todos los Superman que ya no están con nosotros, porque recordarlos, es una forma de inmortalizarlos.

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