Niños de Escuela Aurora

Suministrada

Niños aprenden a través del arte

Bajo el sistema Waldorf, la Escuela Aurora protege la infancia

04 de mayo de 2016 04:04 pm

Por: Olga Román | [email protected]

Al abrir la puerta de la Escuela Aurora, se escucha el murmullo inconfundible de voces infantiles, que juntas, se vuelven una sola. Varios pares de pequeños zapatos en el armario del recibidor son el claro indicativo de que el espacio de enseñanza al que nos adentraremos es una experiencia fuera de lo tradicional. 

En la escuela, que opera bajo el sistema Waldorf de enseñanza y está ubicada en el segundo piso del  edificio 152 de la Calle Luna, en el Viejo San Juan, no hay computadoras. En el salón de primaria (grado 1 y 2), donde un tímido sol se asoma por las amplias ventanas, hay una pequeña cocina compuesta por un horno y un fregadero, en donde las pequeñas (casualmente todas son niñas en dicho grupo) friegan lo que ensucian, cortan los vegetales de su sopa y hornean su pan.

También tocan la flauta todos los días y tejen porque, de acuerdo con la filosofía del sistema, todo lo que hacen con sus manos tiene valor. En la escuela, además, aprenden mediante el juego, el arte y el contacto con la naturaleza.

Se acercan las once la mañana y los 18 pequeñines que forman parte del plantel están en sus respectivos salones; los del jardín de niños (de cuatro a seis años de edad) están con “maestra Luli” (Luzdaris Morales) y los de primaria (siete y ocho años de edad), con “maestra Raiza” (Ascanio).

Falta poco para que comience su caminata diaria, siempre a la misma hora y por el mismo camino. Se van alineando en fila, con sus sombreritos de sol, botellas de agua y capas de lluvia en mano ante la presencia de nubes grises.

Sin embargo, la directora de la escuela, Giselle Balaguer Batiz, advierte, que, “llueva o haga sol, a las 11, ya estamos caminando”. 

En tan solo 20 minutos, llegarán a su destino de juego. Los más pequeños caminan unidos en fila mientras sostienen una soga con sus manos y son dirigidos por maestra Luli. Detrás de ellos, van los de primaria, escoltados por maestra Raiza.

El grupo de pupilos llama la atención de turistas y visitantes del histórico lugar y, a medida que se van acercando al área de recreación, cerca de las murallas de El Morro, la emoción va aumentando.

Cuando los más chiquitos sueltan la soga que los une, se van corriendo cuesta abajo, mientras los más grandes, se empiezan a trepar a un hermoso árbol que los primeros no tienen permitido escalar todavía.

El día es tranquilo; no hay mucho sol, pero sí una brisa suave en el espacio que, hasta este momento, era ocupado por gatos sanjuaneros y turistas.

Gabriela, de tres años de edad, de largas pestañas y hermoso vestido de círculos, recogió dos flores y las guardó entre sus manos como el tesoro más grande, cuidándolas celosamente de la mirada de los extraños. Sin embargo, le ofreció una a Olivia, de tres años también.

En un banquito, maestra Raiza teje una “crayolera” que utilizará a modo de ejemplo para la clase de la tarde.

En el otro banco, se colocaron las botellas de agua de los chiquitos, a donde ellos acuden para darle sorbitos entre juego y juego.

Hoy, Benzola, dinámico y de hermoso cabello rizo, cumple cuatro años de edad y está feliz. En la tarde, celebrarán la ocasión en el salón, por lo que le espera una canción, un cuento, la visita de sus padres y un bizcocho hecho por una de las maestras.

Camila, de seis años, vestida igual que su hermana Elisa, de ocho, tararea una canción mientras se mece en el columpio. Maia, de siete, las invita a jugar y el trío se va corriendo.

Emma, de seis, por su parte, ha estado un poco silenciosa durante la mañana y ahora, se dedica a recoger plantas.

Por su parte, Lamar, de tres años de edad, de rizos rubios y cachetes colorados, se fue detrás de un gato gordo y muy lento, en comparación con la velocidad del niño.

El pequeño, con ganas de comerse el mundo, se mueve al área de los columpios que tejieron las maestras y mece a Ceiba, de su misma edad, al tiempo que le pregunta: “¿Rápido, suave o lento?”.

Polyanna, a quien  conocen como “Poly”, de cinco años, está muy entretenida en la cima del árbol, que trepó con agilidad felina.

Mientras, Amanda, de tres años de edad, saca de la lonchera un pequeño frasco de avena para merendar. Se come dos o tres cucharaditas, pero, el juego es muy tentador y, de repente, se le van las ganas de comer.

Olivia lleva mirando el columpio un rato, pero no protesta; está esperando su turno, mientras que Mateo, de cuatro años, con todo su liderazgo y autoridad, llamó al resto de sus compinches para jugar: “Amanda, Gabriela, Isaac, Darren…”

Ahora, el grupo completo de niños se fue a jugar a la muralla. Se acerca Darren, de cuatro años, a tomar agua, muy orgulloso de su botella. “Mi botella tiene una soga”, expresa con sus ojitos de largas pestañas y una voz realmente dulce.

Benzola vuelve a hablar de su cumpleaños mientras se mece en su columpio y exclama”: “Super faaaaaaaaast!”. Entonces, llegan unos turistas a ocupar el columpio disponible, algo que, al parecer, no le gustó mucho al menor.

Los niños, que estaban en el área de la muralla, regresan al árbol grande. Ya es hora de recoger. Los esperan 20 minutos de camino de vuelta, una fiesta de cumpleaños y un lugar donde pueden ejercer el mejor papel que pueden: ser niños, pues, como dice Balaguer “habrá tiempo de más para ser adultos”.

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