Primer museo de la prostitución del mundo

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Amsterdam abre el primer museo de prostitución del mundo

"Red Light Secrets" se propone contribuir a la normalización del oficio

06 de febrero de 2014 07:55 am

Maite Rodal/EFE | Amsterdam

El Barrio Rojo de Amsterdam desvela sus secretos en el primer museo de la prostitución del mundo, que hoy abre sus puertas para enseñar sin tapujos la trastienda de un oficio legalizado en Holanda pero no por ello ausente de estigma social.

El museo quiere contribuir a la "normalización" del oficio, cuya legalización en 2000 en Holanda ha tenido efectos no deseados: "muchas estudiantes, por ejemplo, no quieren inscribirse como activas en el mercado porque eso aparecería en su curriculum y deciden trabajar en sus casas", reconoció la extrabajadora del sexo.

Pero también aspira a ser simplemente una "experiencia" para el visitante, que tiene la oportunidad de situarse en el lugar de la prostituta dentro del escaparate, ver las habitaciones, con su modalidad barata o de lujo, instrumentos sadomasoquistas y ver la moda de las meretrices desde los años veinte a la actualidad.

En la parte interior de la ventana, la decoración se limita a las cortinas rojas y la presencia de una nevera cercana a las sillas desde donde la prostituta llama a la atención de los clientes.

Desde ahí, una puerta de flecos es la única barrera a la habitación del burdel, un espacio de escasos metros cuadrados, por la que la prostituta paga $200 euros por medio día. Sobre una cama de marco de azulejos que recuerda al de una bañera, una luz de neón violeta ilumina el cuarto, con un lavabo como única otra decoración.

Las prostitutas que trabajan en el Barrio Rojo son mujeres de entre 21 y 55 años, muchas jóvenes que no alcanzan a pagarse los estudios o madres solteras, y en "el 70 % de los casos, con una pareja estable", según fuentes del museo.

Trabajan "una media de 5 años" y muchas de ellas no acaba de retirarse "porque se acostumbran a un estándar de vida de ingresos altos". Por ello, la fundación Geisha les ayuda a la reintegración pero también a cursos de autodefensa mientras ejercen.

Para garantizar la seguridad de las prostitutas durante el trabajo, siempre tienen a mano una alarma con la que contactan directamente con el dueño de la habitación y también con la policía.

Al terminar la visita al museo, al visitante se le ofrece un guiño de humor con un reclinatorio para que confiese sus pecados de lujuria. 

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